El pasado día 11 se celebró, como viene siendo ya una tradición en el Reino Unido, el emotivo Remembrance Day o Día del Recuerdo, es decir, la conmemoración de la firma del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial. El emblema de este día es la amapola, la flor que los soldados británicos conocieron en suelo francés en que lucharon durante esa contienda (de la cual este año hemos recordado el siglo que hace que se inició), la flor cuya imagen muchos trajeron afortunadamente a sus casas, la flor que, desgraciadamente, abrigó las tumbas de muchos otros.
De los horrores de esa guerra dieron cuenta en unas piezas literarias magistrales los llamados Poetas de la Guerra, unos jóvenes que, impulsados por el romanticismo que viejas batallas medievales despertaban en ellos, decidieron unirse en la lucha contra el enemigo común. Una vez en el campo de batalla descubrieron la monstruosidad de la empresa a la que ellos habían decidido entregar sus fuerzas, sus ilusiones y su vida. En este sentido, me gustaría recomendar a Rupert Brooke y su poema "El soldado", a "El posible recuerdo" de Edmund Blunden, a Isaac Rosenberg y "El alba en las trincheras", a Wilfred Owen y "De mi diario, julio de 1914", al "Ataque" de Siegfried Sassoon...


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